Escritos de Eduardo Baleani

La hoja que quería volar

Cuentos del tío Antonio

-¡Quiero volar!- gimió la hoja del ficus.

-¡Quiero volar!- repetía y pequeñas gotas resbalaban por sus nervaduras. Parecían rastros de rocío o lluvia, pero no lo eran.

Eran lágrimas de dolor porque deseaba volar como los pájaros y no podía elevarse por los cielos...

Las nubes y el azul se combaban en estos cristales de agua como ojitos contemplando el firmamento.

-¡Quiero volar!-, se decía por las noches, cuando las estrellas derraman sus luces entre el terciopelo negro de la sombras.

Un día se sintió más valiente que otros días y animándose preguntó a una pequeña torcaza que se había posado junto a ella (tal vez se atrevió precisamente porque el ave era pequeña).

-¿Cómo haces para volar?-

La paloma miró en derredor, con sobresalto, preparando sus plumas para perderse en el espacio al escuchar esa voz imprevista que no reconocía.

-¿Quién me está hablando?-

-Yo, la hoja verde brillante que está justo arriba de tu cabeza, a la derecha.-

La torcaz miró hacia arriba y vio a nuestra hoja que temblaba emocionada.

-¿Y porqué quieres volar? –

-Para ir de rama en rama, de árbol en árbol, para hacer cosquillas a las nubes en la panza, como ustedes. Para ir de flor en flor y aprender a remontarme cerrando los ojos y guiada sólo por los aromas, como hacen las mariposas que pasan por mis ramas y en ocasiones se detienen a descansar, vibrantes y relucientes.-

La torcacita se rió.

-¡Pobre hojita!- le dijo, ¿no sabes que las hojas no vuelan? Las aves podemos, las mariposas y algunos insectos también vuelan, porque tenemos alas. Pero las hojas están prendidas a la ramas y aunque a simple vista puedan parecer alas, las hojas no vuelan, porque precisamente no son alas-.

-¿Y cómo es tu ala?- preguntó insistente nuestra hoja brillante.

Ante la oportunidad de exhibirse la paloma desplegó sus alas y mostró las plumas.

-¿Ves las plumas?, pues tú no tienes y sin ellas ¡es imposible volar!-

-Pero, las mariposas y los insectos tampoco tienen plumas en sus alas, que son lisas y livianas como yo- respondió la hoja.

Sorprendida en su error, la torcaza remontó vuelo y se posó en una rama lejana donde las hojas no hablaban.

Nuestra hoja quedó pensativa.

-Hum-, decía, -¿qué pasaría si yo imito la pluma remera del ala de la paloma?-

Desde ese día se propuso copiar la pluma. Era doloroso porque para lograrlo debía sacrificar parte de su cuerpecito.

Dibujó una pluma y a esa zona dejó de enviarle savia y nutrientes. Lentamente se fue decolorando hasta que logró una pluma perfecta.

-¡Ahora sí podré volar!- gritó entusiasmada cuando pudo contemplarse en un espejo que dejado por la lluvia.

Se sacudió muchas veces para emprender el revoloteo, pero no podía desprenderse de la rama. Entonces decidió esperar una tormenta que ayudara a sus esfuerzos.

Pocos días después, el cielo se oscureció. Las nubes blancas tornaron en grises y luego casi negras. Los relámpagos anticipaban la fuerte lluvia que se aproximaba. Los vientos eran cada vez más fuertes, y la tormenta se convirtió en temporal. La hojita por primera vez se hallaba realmente entusiasmada frente a un vendaval.

Antes siempre la habían asustado, pero ahora contaba con su pluma y ¡volaría!

Una ráfaga más intensa que las otras la despegó de la rama.

Repentinamente nada la sostenía, nada la sujetaba. Alzó vuelo hasta las copas mientras las gotas de lluvia martillaban su cuerpo. Luego, vertiginosamente comenzó a caer en círculos concéntricos hasta que llegó al suelo y allí quedó. Desconcertada. Feliz por su vuelo, triste por la caída. Inmóvil.

Y comprendió que las hojas no vuelan. O sí, pero en sólo en el otoño, cuando el sol se entibia y ellas se secan, pintándose de cobre, de oro, de madera. Esa libertad del aire y vuelo es finalmente el viaje hacia la muerte.

Saber todo esto no la entristeció. Lo había intentado, descubrió que parecer una pluma no es lo mismo que volar. Pero lo más importante era que había logrado por un momento breve, incontrolable, su propio vuelo.

Este relato te parecerá un cuento, pero es una historia. Y como prueba, te muestro la fotografía de la hoja que reposó finalmente en mi jardín.

http://eduardobaleani.blogspot.es/img/hojapluma.jpg

Comentarios

Me parece una historia muy emocionante y nostálgica para estos días de otoño. En donde la magia del viento nos envuelve con su brisa y esas hojas caen una a una de los árboles que un día de verano nos cobijaron del calor abobinate del verano.

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